"Islam político" supone la existencia de otra forma de Islam en la cual la esfera política no se encuentra presente. Este presupuesto responde más a una transpolación poco rigurosa de las ideas resultantes de la experiencia europea, en la que se ha pretendido la separación de ambas esferas de la vida social1 , al mundo islámico ignorando la complejidad que implica cualquier análisis sobre el mismo, tanto por su extensión geográfica como por la rica historia de cada uno de los pueblos que lo componen.
El reduccionismo analítico no hace más que favorecer las visiones distorsionadas del Islam que es presentado sin matices ni particularidades enriquecedoras más allá de las que suponen la existencia de un "Islam moderado" y un "Islam radical" al que se suele identificar con el "político". Cualquier propuesta de organización social que surja del mundo islámico y parezca alejarse de la experiencia política europea, sin importar que la misma nazca en el Magreb o en Indonesia, en un ambiente sunní o shiah, es presentada bajo el mismo calificativo de "Islam político" cuya radicalidad se mide con relación a la distancia que la separa del modelo occidental. Se sitúan en una misma categoría analítica a los Hermanos Musulmanes de Egipto, a los talibanes, a Hizbullah y a Bin Ladin, con los resultados ideológicos que pueden derivar de distorsiones semejantes2 . No fue extraño encontrar, tras los atentados del 11 de septiembre en New York, numerosas "explicaciones" sobre el accionar de los terroristas basadas en la impronta que había dejado en el mundo islámico las actividades de los Hashishin (Ismailíes nizaríes, en realidad) y sus "atentados políticos" durante los siglos XI y XII de la era cristiana. Poco pareció importar el origen saudí (y por lo tanto sunní, más específicamente wahhabí) de los supuestos autores en la forzada relación histórica establecida con Hashishin (shiíes ismailíes).
La profunda carga ideológica que está implícita en esta distinción entre un "Islam moderado" y otro "radical" ha quedado, sin embargo, expuesta sin mayores reservas fuera de los ámbitos académicos. Es útil recordar, a tal efecto, que fue el mismo Bill Clinton quien hizo uso de estas categorías para definir las relaciones de los Estados Unidos con el mundo islámico en la década de los noventa, considerando a Arabia Saudí y a las monarquías del Golfo como buenos exponentes de "moderación" frente a la "radicalidad" del modelo iraní, sin emplear otro criterio más que el alineamiento o no de estos países a las políticas hegemónicas norteamericanas en la región.
No menos preocupante resultan las innumerables mutilaciones con las que es presentada la producción intelectual islámica relativa a las diferentes formas de organizar la vida social, inspiradas en los preceptos de Sagrado Corán y la vida del Profeta y su Inmaculada Familia. No son pocos los trabajos académicos que vinculan la recuperación de la experiencia del Profeta Muhammad (PBD) como Jefe de Estado a cierto pensamiento salafí, asociando la misma a la rememoración idílica, casi mítica, de un pasado al que se atribuyó una importancia exagerada, y que constituye el elemento fundante de una propuesta reactiva al colonialismo europeo. La debilidad de este enfoque radica en el desconocimiento que supone del dinamismo que ofrece desde sus orígenes el pensamiento político de la Shiah, considerada como la heterodoxia del Islam, situada, por lo tanto, en los márgenes del mismo. En este sentido, Máximo Campanini, Profesor de Historia del mundo musulmán en la Universidad de Urbino (Italia), ante la pregunta de "¿Qué es exactamente el Islam 'ortodoxo'?" responde: "La única respuesta aceptable es que se trata del Islam numéricamente mayoritario, es decir, el que tanto en el curso de la historia como todavía hoy es el sunnita3". Sin entrar en la discusión sobre la supuesta "ortodoxia" de la Sunna, analizada minuciosamente por Luís Alberto Vittor en El Islam Shi'ita: ¿ortodoxia o heterodoxia?4 , esta clasificación encubre la negación, a partir de la marginalización de la escuela Shií, de la vitalidad intelectual de la misma, y permite la presentación artificial de un Islam incapaz de desarrollar una alternativa política más allá de la reacción ante el avance de las ideas y modelos occidentales desde mediados del siglo XIX. El señalamiento de los aportes de la experiencia del Profeta (PBD) como Jefe de Estado y de la vitalidad del pensamiento político shií se hace necesario hoy más que nunca a fin de deconstruir el discurso reduccionista y las implicaciones ideológico-políticas que trae aparejado.
Notas
1-La separación entre religión y política que Occidente sostiene haber conseguido, y que declama con orgullo, debería ponerse seriamente en duda. Un estudio de las políticas llevadas a cabo por Europa y los EE.UU., sobre todo en materia de Relaciones Internacionales, nos demuestra el peso que ha tenido la orientación ideológico-religiosa del presidente de turno o de la "opinión pública local" a la hora de delinear los espacios de cooperación o enfrentamiento con los países culturalmente distintos.
2-Cf. SIVAN, E. El Islam Radical. Teología medieval, política moderna. Ed. Bellaterra, Barcelona, 2000; KEPEL, G. La Yihad. Ed. Península, Barcelona, 2001; ELORZA, A. Umma. El integrismo en el Islam. Alianza Editorial, Madrid, 2002.
3-CAMPANINI, M. Islam y política. Ed Biblioteca Nueva, Madrid, 2003. Página 28.