El rasgo más característico de la ciudad y el que ha sobrevivido a lo largo de la historia era este: 'Hay en Timbuktú numerosos jueces, doctores y sacerdotes, bien considerados todos', puntualizó León el Africano.
Ya desde el período en que la ciudad estaba sometida a Mali, había adquirido un notable prestigio y sus maestros tenían un extraordinario nivel intelectual. Los intercambios de profesores entre las universidades de Timbuktú, Córdoba, Fez, El Cairo, Bagdad y otras ciudades era constante.
En el siglo XVI, no sólo era una metrópoli rica por sus recursos materiales, tal vez la más próspera de la región del Sahel, sino también era la capital del saber y de la cultura. Era centro indiscutible de religión, de ciencia y de literatura de toda la cuenca del Níger.
Cuando León el Africano describe las casas en Timbuktú, observa: 'En medio de la ciudad se encuentra un templo construido por un arquitecto de la Bética, nacido en la ciudad de Al Mana, mediante piedras unidas con mortero de cal; y hay también un gran palacio construido por el mismo maestro donde reside el rey'.
Este arquitecto era el granadino Es-Saheli, que el emperador malinké Kankan Mussa se llevó a la vuelta de su peregrinación. El Palacio aquí mencionado, que en algunas crónicas se le llama Madugu, desapareció.
Además de esta mezquita, el granadino construyó las de Gao, Diré, Gudam y otras. Probablemente fue Es-Saheli quien sistematizó la forma tradicional de construir, resultando de su enfoque lo que hoy conocemos como estilo sudanés.
El célebre historiador Ibn Khaldoun, en su obra Historia de los Bereberes, nos narra la construcción de la obra cumbre de este arquitecto:
'Mansa Mussa quiso construir una sala de audiencias sólida y revestida de yeso: tales edificios eran aún desconocidos en su país. Abu Isaaq (Es-Saheli), muy hábil en varios oficios, levantó una sala cuadrada rematada con una cúpula. En esta construcción desplegó todos los resortes de su ingenio y, habiéndola recubierto de yeso y adornado en arabescos de relumbrantes colores, hizo de esta sala un admirable monumento. El Sultán quedó encantado con ella y dio a Es-Saheli 12 mil meticales de oro en polvo como símbolo de su satisfacción.'
Esa somera descripción nos recuerda el arte nazarí de Granada, donde el empleo del yeso y la combinación de falsos mozárabes, lacerías y atauriques, suponen el culmen decorativo del arte musulmán.
Españoles fueron los que, a las órdenes del Sultán de Marruecos, acabaron con el Imperio Songhay y se establecieron en Timbuktú. Se ha dicho que el ejército marroquí se componía, en su sección derecha, de los llamados renegados (con 500 espahis con su kahia o jefe), y en su sección izquierda por los andaluces.
Después de la victoria sobre los Songhay (1591), los hispanomarroquíes levantaron el campamento en las inmediaciones de donde se desarrolló el combate, Tondibi. Luego pasaron a Gao, donde permanecieron durante 15 días y, finalmente, se dirigieron a Timbuktú.
Desde este momento, se puede decir que Timbuktú se convirtió en la capital de un nuevo reino cuya influencia llegara desde Gao a Macina.
Este nuevo reino, dominado por los hispanomarroquíes, pudo ser el boceto de lo que algún autor piensa que fue el intento de la formación de un reino morisco, de mayoría hispana, en la curva del Níger.
A poco de instalarse en Timbuktú, llegó otro renegado español, Ben Zergun, con un séquito de 80 personas y con el nombramiento de Pashá. Las fuerzas fueron repartidas en lugares diferentes, pero fuera de Timbuktú dejaron una guarnición.
Esta fue masacrada y cuando Zergun se dirigía a la ciudad para tomar represalias, el cadí El Turki trató de frenar sus intenciones.
Pero otro suceso ensombreció este panorama: en octubre de 1593, Mahmoud se presentó en Timbuktú y arrestó a la gente principal y a letrados; muchos de los que quedaron libres se exiliaron con parte de sus familias.
En 1594 murió Zergun y llegó otro contingente de tres mil hombres a las órdenes de otro renegado español.
Después llegó Ammar, con el nombramiento de pashá. Sucesivas expediciones, hasta 1623, fueron aumentando los efectivos hispanomarroquíes, que tomaban mujeres autóctonas.
El mestizaje dio origen al pueblo Arma, cuyo nombre le fue aplicado, según unos, por el grito al arma que, entre la tropa, se lanzaba en los enfrentamientos bélicos; según otros, por las armas de fuego que emplearon, y no faltaron quienes hicieron derivar este nombre de la palabra árabe rami (lanzador de proyectiles).
En 1632 se rompió el vínculo político con Marruecos y el ejército nombró a su antojo a los pashás.
En el nombramiento se procuró mantener la alternancia entre renegados y moriscos, pero la corrupción y los conflictos fueron tan frecuentes que muchos de ellos apenas si tuvieron tiempo de llevar a cabo sus funciones con normalidad: desde 1660 hasta 1750 pasaron por el cargo nada menos que 120 pashás.
Al contacto con la organización social de otros pueblos y el emparentamiento con ellos, apareció la 'clanificación' de los Arma y el dominio de unas familias sobre otras. Esto rompió su unidad original y propició la aparición de conflictos que favorecieron el dominio de los touareg.